La historia de la pasta: mucho antes de Marco Polo

Actualizado: 9 sept
Una historia sin un único comienzo
Preguntar quién inventó la pasta parece sencillo, pero la respuesta no lo es. Mezclar cereales molidos con agua para formar una masa es una práctica antiquísima que apareció, con distintas formas y métodos de cocción, en diferentes lugares del mundo.
En China se desarrollaron tempranamente distintas clases de fideos. En el Mediterráneo, griegos y romanos también preparaban masas de harina y agua que se estiraban, cortaban o cocinaban junto con otros ingredientes.
Aquellas preparaciones no eran exactamente iguales a la pasta que conocemos hoy, pero forman parte de una historia mucho más amplia: la de distintas culturas que encontraron maneras de transformar los cereales en alimentos fáciles de preparar, conservar y compartir.
El mito de Marco Polo
Una de las historias más repetidas afirma que Marco Polo llevó la pasta desde China hasta Italia al regresar de sus viajes, a fines del siglo XIII.
Es una anécdota atractiva, pero no coincide con la documentación histórica. Mucho antes del regreso del explorador veneciano, la pasta ya se producía y consumía en distintos territorios de la península itálica.
En sus relatos, Marco Polo describió un alimento asiático que le recordó a la pasta que ya conocía. Con el tiempo, esa comparación fue interpretada como si hubiera descubierto el producto y lo hubiese introducido en Italia. Así nació un mito que todavía sigue apareciendo alrededor de muchas mesas.
Sicilia y el desarrollo de la pasta seca
Un capítulo fundamental de esta historia ocurrió en Sicilia. En 1154, el geógrafo al-Idrisi describió la producción de una pasta seca llamada itriyya en Trabia, una localidad cercana a Palermo.
Según su relato, se elaboraba en grandes cantidades y se transportaba por barco hacia otros territorios del Mediterráneo. Esto demuestra que no se trataba solamente de una preparación doméstica: ya existía una actividad organizada alrededor de su producción y comercialización.
La influencia árabe fue especialmente importante para el desarrollo y la difusión de las técnicas de secado. Al reducir la humedad, la pasta podía conservarse durante más tiempo y soportar viajes largos sin estropearse. Esa característica resultó decisiva para su expansión.
Italia le dio miles de formas
Durante los siglos siguientes, las distintas regiones italianas fueron transformando la pasta y creando una enorme variedad de formatos, masas, rellenos y recetas.
La disponibilidad de ingredientes, el clima y las costumbres de cada lugar fueron marcando diferencias. En algunas regiones se consolidó la tradición de la pasta fresca elaborada con harina y huevo. En otras adquirió mayor protagonismo la pasta seca de trigo duro.
Con el perfeccionamiento de las técnicas de amasado, corte y secado, la producción aumentó y la pasta dejó de ser un alimento limitado a determinadas regiones. Poco a poco se convirtió en uno de los grandes símbolos de la cocina italiana.
De Italia a las mesas del Río de la Plata
Las migraciones italianas llevaron esas recetas y conocimientos a numerosos países. En el Río de la Plata encontraron una nueva casa y se mezclaron con los ingredientes, gustos y costumbres locales.
Tallarines, ravioles, ñoquis, capellettis y tantas otras variedades pasaron a formar parte de los almuerzos familiares, las comidas de los domingos y las celebraciones. También aparecieron creaciones propias de la región, como los sorrentinos, que muestran cómo una tradición puede viajar y adquirir una identidad nueva.
Una historia que todavía continúa
La pasta no tiene una historia lineal ni pertenece a una única persona. Es el resultado de siglos de intercambios, migraciones y saberes transmitidos de generación en generación.
Desde 1955, en Dicomo formamos parte de esa historia: amasando, rellenando y conservando un oficio que cambia con el tiempo sin perder su esencia.
Porque detrás de cada pasta hay mucho más que harina, agua o huevo. Hay memoria, trabajo y una buena razón para volver a encontrarnos alrededor de la mesa.



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